sábado, 11 de marzo de 2017

¿Por qué Dios incluye a los hombres en Su obra restauradora de la Humanidad, si somos tan poco confiables? ¿No puede solo?

 Esa pregunta me daba vueltas por la cabeza de cuando en cuando, y ante mi imposibilidad de responderla, sólo quedaba en mí un agujero que se iba haciendo cada vez más grande. Y mientras más leía la Biblia y más veía la cantidad de personas imperfectas que mi Señor había usado, más me cuenstionaba sobre aquello.


¿Por qué Dios nos toma en cuenta en su obra redentora, si somos imperfectos, poco confiables, pequeños y muy dados a violar sus leyes desde el día atroz en que el pecado entró en nuestro ADN espiritual, allá, en nuestra terrible derrota del Edén?

Me lo pregunté muchas veces, hasta que leyendo el delicioso libro de Jonás me topé con una expresión de este hombrecillo, que en sí mismo no valía nada (como yo), y volvió la pregunta a retumbar en mi cabeza.
Aquí el texto:

4:1 Pero Jonás se disgustó en extremo, y se enojó. Así que oró a Jehová y le dijo:
—¡Ah, Jehová!, ¿no es esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis, porque yo sabía que tú eres un Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte y de gran misericordia, que te arrepientes del mal. Ahora, pues, Jehová, te ruego que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida.
Pero Jehová le respondió:
—¿Haces bien en enojarte tanto?

Jonás estaba justificando el haber huído de Dios para no obedecerlo en su mandato de ir a Nínive a profetizar que la ciudad sería destruída en 40 días a causa de su pecado.
 Al profeta le fastidiaba el saber que sería en vano el largo viaje a Nínive, a través de un desierto terrible, plagado de peligros, llevando una noticia de destrucción que le podía ganar algunos buenos palos, sino la muerte, de parte de los ninivitas, que de paso, no hablaban su lengua ni conocían a Jehová. 
Era demasiado esfuerzo y peligro para una tarea que según él, sería vana, ya que Jonás sabía que Jehová finalmente se apiadaría de la ciudad y no la destruiría.  Por eso dice lo que dice en el verso citado arriba.
En otras palabras, justificaba su huída en el barco hacia Tarsis, con la que le decía a Dios: "Hazlo  TÚ y no me fastidies".

¿Cuántas veces dije eso? Yo, muchas.

Pero hay más en el corazón de este hombrecillo. 

Jonás se enoja hasta la muerte, porque finalmente viaja a Nínive a hacer una tarea que él consideraba vana, después de haber soportado una tormenta que casi parte el barco en el que huía, después de naufragar, de ser tragado por una ballena y finalmente vomitado en una playa. Me imagino las fachas de Jonás después de todo eso: Baba de ballena, arena del desierto, sol inmisericorde, la misma ropa, sin lugares para aseo. Y encima llevaba una mala noticia a Nínive. Debía ser lamentable. 
En esas fachas, sucio y maltratado,  les había hablado a los asirios, diciendo que la ciudad sería destruída. 
Quizá en algún momento se animó pensando que, después de todo, seguro podría ver el espectáculo de esa destrucción. Por eso buscó una lomita y se instaló ahí a ver lo que iba a pasar.
Pero pasados los 40 días Jehová no destruye a las 120.000 personas de Nínive (en donde hasta hoy, pese a Isis, vive la mayor comunidad cristiana de Irak). 
Eso fastidia a Jonás hasta la muerte.  

-Yo sabía que todo esto era en vano.
Habrá pensado.

Jonás no sólo que no teme a Jehová (por eso huye, creyendo que podía escapar), sino que no tiene misericordia  por estos habitantes de Nínive, que sí se han arrepentido por su predicación del Juicio de Dios sobre ellos.  Sí tuvo misericordia por los hombres del barco en el que "huía", por eso pide que lo echen al mar, para que no perezcan todos por su causa. Pero por los 120.000 asirios, no la tiene. Y aún con ese corazón, él es usado, porque por su predicación el pueblo y el rey de Nínive se arrepinten de su inmundicia, y agradan a Jehová, un Dios que ellos no conocían, por cuanto eran asirios. 
Jonás fue usado para despertar el arrepentimiento de una de las ciudades más grandes del mundo antiguo. Un hombre que no quería hacerlo y que no amaba a esas personas, lo hizo. 
Porque Dios quiso.
Aunque Jonás era un necio y un sanguinario,  el Todopoderoso sí tiene misericordia por Nínive. Y también por este hombre, al que le dá una explicación que busca abrir el entendimiento de Jonás. 
Le dice: 
Jonás 4:10 Entonces Jehová le dijo:
—Tú tienes lástima de una calabacera en la que no trabajaste, ni a la cual has hecho crecer, que en espacio de una noche nació y en espacio de otra noche pereció, 11 ¿y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda (cegadas por el pecado), y muchos animales?

Dios enseñando misericordia a los hombres. Luego Jesús traería un nuevo mandamiento que tiene que ver con aquello.  
-Ámense los unos a los otros.

Otros grandes hombres y mujeres que fueron enviados por  el Señor a hacer su obra no se quedan cortos con respecto a Jonás. 





Pero la pregunta sigue sin respuesta: ¿Por qué siendo como somos, un Jonás, Dios nos toma en cuenta en un trabajo que EL puede hacer solo? 

La respuesta está allá en Génesis 1:26-28. 
Sí, en el principio mismo de la Biblia. Allí Jehová de los Ejércitos dice: 

26 Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y tenga potestad sobre los peces del mar, las aves de los cielos y las bestias, sobre toda la tierra y sobre todo animal que se arrastra sobre la tierra.»
28 Los bendijo Dios y les dijo: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla; ejerced potestad sobre los peces del mar, las aves de los cielos y todas las bestias que se mueven sobre la tierra

Allí EL le entregaba al hombre el señorío sobre la Tierra. 
Ojo con eso.

A partir de ese momento, el hombre ya tiene autoridad plena sobre la Creación, hasta que esa autoridad éste se la entrega al enemigo, no mediante la legalidad ni el acuerdo, sino, mediante el engaño.

Génesis 3:1-6  La serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Jehová Dios había hecho, y dijo a la mujer:
—¿Conque Dios os ha dicho: “No comáis de ningún árbol del huerto”?
La mujer respondió a la serpiente:
—Del fruto de los árboles del huerto podemos comer, pero del fruto del árbol que está en medio del huerto dijo Dios: “No comeréis de él, ni lo tocaréis, para que no muráis.”
Entonces la serpiente dijo a la mujer:
—No moriréis. Pero Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y el mal.
Al ver la mujer que el árbol era bueno para comer, agradable a los ojos y deseable para alcanzar la sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también a su marido, el cual comió al igual que ella.

De ahí que el miserable tentador, que había usado una bestia para hacerse oír ante Eva, pasó a llamarse "príncipe de este mundo". Es decir, el gobernante de este mundo ya no era el hombre. Era el caído y sus huestes.

 Dice Jesús: 

Juan 14:30 No hablaré ya mucho con vosotros, porque viene el príncipe de este mundo y él nada tiene en mí

 Y desde entonces fue tan príncipe, tan gobernante de este mundo, que fue capaz de ofrecerle a Jesús el poder terrenal y los reinos sobre la Tierra cuando lo estaba tentando en el desierto. 
Así como había esperado que Eva esté sola para tentarla, esperó que el cuerpo de Jesús se debilitara lo suficiente durante los 40 días y 40 noches de sed, hambre, calor y frío en el desierto, antes de ir a tentarlo con esta oferta que ningún otro ser hubiera rechazado:

Mateo 4:8 Otra vez lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo:
Todo esto te daré, si postrado me adoras.
10 Entonces Jesús le dijo:
—Vete, Satanás, porque escrito está: “Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él servirás.”

¿satanás podía ofrecer algo que no tenía? ¿Más aún ante Jesús? 
Jesús sabía que el mundo en el que había nacido estaba caído desde los días de Adán, por eso eso vino. Su labor era deshacer las obras del diablo.

 1 Juan 3:8 El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.

Y una de esas obras a deshacer, era quitarle territorio al enemigo, no sólo el espiritual, sino también el físico, pues  el señorío satánico sobre este mundo es ilegítimo. La Tierra ha sido dada a los hombres y sólo a los hombres. No a aquel usurpador y sus bestias.

Entonces, Jehová de los Ejércitos reactivó su mandato dado en  Génesis 1:26 y 28, porque:
   Números 23:19  Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre, para que se arrepienta. ¿Lo ha dicho El, y no lo hará?, ¿Ha hablado, y no lo cumplirá? 

El Altísimo  busca restituir ese señorío para el hombre, arrebatándolo a satanás, pero  con la intervención directa del hombre. Quiere que le derrotemos en SU nombre, por eso nos usa: 

Marcos 16:17  Estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios (...)

Si el hombre cedió la Tierra en la soledad del Edén, vencerá de la mano de Dios, aunque no lo merezcamos.  Aunque seamos un Jonás, peor que Jonás, venceremos, porque Dios así lo quiere. Por que EL nos ha elegido para esto desde el vientre de nuestra madre.

Moisés derrotó con la ayuda de Dios y sus grandes señales  al reino más poderoso del mundo.
Josué tomó en batalla la Tierra Prometida, y está claro que no iba solo con sus hombres.

Josué 5:13-15 Aconteció que estando Josué cerca de Jericó, alzó los ojos y vio a un hombre que estaba delante de él, con una espada desenvainada en su mano. Josué se le acercó y le dijo:
—¿Eres de los nuestros o de nuestros enemigos?
14 —No —respondió él—, sino que he venido como Príncipe del ejército de Jehová.
Entonces Josué, postrándose en tierra sobre su rostro, lo adoró y le dijo:
—¿Qué dice mi Señor a su siervo?
15 El Príncipe del ejército de Jehová respondió a Josué:
—Quítate el calzado de los pies, porque el lugar en que estás es santo.
Y Josué así lo hizo.

Como se ve, la Tierra Prometida que un día perdimos ante satán, está ahí y tenemos ayuda de Dios para recuperarla. Por eso nos usa.
Nuestra Tierra Prometida es nuestro corazón, luego nuestro cuerpo, después nuestra familia, nuestro entorno, nuestra  ciudad y nuestro país. Finalmente el mundo entero.
Dios nos toma en cuenta en esta operación de re conquista, no por lo que seamos nosotros, sino por lo que es EL en nosotros, así seamos un Jonás de esos.  
Somos parte del ejército de reconquista de la Tierra y nuestra bandera de victoria es el Nombre de Jesús.  Pero lo primero a conquistar para EL, es nuestro corazón. 

Arrepentite de tus pecados. No importa cuánto de Jonás haya en vos. EL olvidará todas tus transgresiones si tu arrepentimiento es sincero. Aceptá a Jesús como tu Señor y Salvador, conocé la verdad y serás libre, y así harás libres a los que amas, porque así está Escrito. 

 

miércoles, 22 de febrero de 2017

PIEDRA Y ACEITE





Mamá me llevó de la mano hasta donde estaba ese hombre con fachas de peluquero.  
Nunca vi el rostro de mamá, sólo sé que era ella, del modo en que uno siempre sabe esas cosas. 
Yo no estaba enfermo, pero sentía que me llevaban hasta aquel varón con aires de peluquero, para curarme de algo que yo no sabía.

Mamá me dijo: Sentate ahí.

Y me senté, porque ella siempre tenía razón en todo, aún cuando yo no entendía. 

La silla estaba sobre una acera al borde del segundo anillo. 
Quien conoce Santa Cruz de la Sierra, sabe que esa es quizá la arteria vehicular más grande de una urbe de más de dos millones de habitantes. Tiene ocho carriles por donde transitan miles de vehículos cada hora.

Entonces yo estaba sentado en una silla esperando que hicieran algo conmigo, mientras medio mundo pasaba a mi lado en sus carros, mirándome de las formas más extrañas. Era incómodo. Y extraño.
Pero fue más extraño cuando el sujeto con aires de peluquero empezó a embadurnarme la cara y la cabeza con algo que parecía un combustible o un aceite. Olía como a combustible, pero era un aceite.
Luego se colocó detrás de mí, puso una mano sobre mi cabeza y comenzó a balbucear palabras que yo, azorado por el espectáculo público que estaba dando y desconcertado por una situación así de incomprensible, no entendí. 
Le pregunté a mamá: ¿Qué sucede?
Su voz me alcanzó para decirme: Está orando por vos.

Mientras lo hacía, un vehículo bastante lujoso paró a mi lado y una mujer verdaderamente hermosa sacó la cabeza por la ventanilla y con gesto de burla me gritó casi a la cara:  
-Anda que te curen esa sarna en otra parte
Y se fue. 
La avenida se nutrió de más vehículos y todos los que pasaban me miraban con expresiones de burla o de desconcierto, como si estuvieran viendo a un loco o a un condenado a muerte.  
Un carro se detuvo en la esquina más próxima del lugar donde estabámos yo y mi silla, el conductor bajó del coche, me miró y dijo para sus adentros, con pesar: Eso es erisipela.  
Lo dijo para sí, pero yo lo escuché como si me lo hubiera dicho al  oído. 
Yo sabía que la erisipela era un tipo de hongo horrible, que te aparecía en la cara cuando te bañabas en atajados de agua sucia donde también se bañaban los caballos. De niño lo había visto en mis amigos, allá en Santa Rosa. 
Se trataba de un hongo de bestias y de sitios sucios.Y él dijo que yo tenía eso en la cara. Entonces por eso se burlaban o se apiadaban. Porque yo tenía la cara marcada por la suciedad y la verguenza de una plaga de animal.

El hombre con aires de peluquero terminó de orar y dijo: Debes mantener en tu rostro, por seis minutos, aquello que te he puesto. 

Para mí ya era suficiente. 
Me levanté de la silla puesta sobre la acera, molesto, y decidí caminar unos metros hacia una calle cercana y desierta para alejarme de la gente y de la sensación de molestia que me generaba una situación que no terminaba de entender. Además ¿mamá? ¿Pero si mamá llevaba 20 años de muerta? 
Mamá, el hombre con fachas de peluquero y el segundo anillo quedaron atrás.
En el fondo de la calle donde entré habían unos hombres trabajando en una construcción. 
A la izquierda estaban los que preparaban el lugar donde cavarían para levantar los cimientos. A la derecha estaban los que amontaban las piedras que se usarían para esos cimientos. 
Entonces, sin decir palabra,  tomé una pala y los ayudé a mover las piedras. 
Mis compañeros eran hombres sencillos y alegres que no me preguntaron qué era aquello que me embadurnaba el rostro y la cabeza, ni de dónde había salido, ni por qué estaba ahí. Ni se burlaron, ni se apiadaron. Me aceptaron como uno más de ellos, en ese trabajo que parecía importante. 
Enterrábamos las palas en la piedra y las movíamos lo más cerca posible hacia el grupo que iba a cavar los cimientos. 
Yo era el más pequeño entre los cargadores de las piedras, el más joven, el más inexperto, el más débil. Mi pala era la más pequeña de todas.

Hundo la herramienta entre las piedras y noto que entre ellas hay Biblias. Hay tantas Biblias como piedras. Y ambas se van a usar en la construcción para la que se está disponiendo todo. Serán los cimientos. Hundo la pala y cargo piedras y Biblias, piedras y Biblias, piedras y Biblias,  hasta el lugar en donde se está concentrando este material que será la base fundamental de un gran edificio.
Yo tenía que estar sólo seis minutos con aquel aceite en mi rostro y mi cabeza, pero lo he tenido toda esta tarde, hasta que ha llegado la noche y los obreros ya se disponen a descansar luego de un día de trabajo estupendo. Nos organizamos en cuadrillas y nos despedimos para reiniciar mañana.

Entonces despierto. 
Fue hoy.

Mi esposa ya se había levantado, de modo que la llamé. Me dijo que esperara, que estaba preparando el desayuno, pero le pedí que venga, porque pronto olvidaría el sueño. Eso me suele pasar. Sueño y luego al momento de despertar, a los pocos segundos, lo olvido. No los puedo retener.
Vino y le conté. 
Me dijo: Lo que entiendo es que hay una unción sobre vos, un aceite con olor a algo que incendia, que activa. Un combustible.

Hay gente que ora por vos (el hombre con fachas de peluquero). Ese aceite y las oraciones, han tenido un efecto. Ahora sos distinto a lo que solías ser. Y aquello aún es visto por muchos de los que te conocen  como algo apestoso en tu ser (la sarna, la erisipela), algo ridículo (el insulto burlón de la mujer hermosa). Te miran de arriba (de los carros) porque creen que estás haciendo el ridículo (en esa silla, con la cara y la cabeza embadurnada, delante de todo el mundo).
 Según ellos, ¿Cómo pues alguien como vos puede ser así,  de mente tan estrecha, un fundamentalista desagradable ante los ojos de los librepensadores del siglo XXI? Eras un tipo interesante y ahora te has vuelto un loco religioso. Algunos no te lo perdonan. Tu actitud entregada a Dios, los ofende. Los insulta.

Por eso mientras oraban por vos y tenías el aceite sobre tu cabeza, unos se burlaban y otros te alertaban de que eso era un problema. Una peste animal fruto de la mugre del fanatismo. Un: "Salvate Pinto, que ese fanatismo te va a matar". 
Por otro lado, las burlas no te disminuyeron. Dejaste eso atrás, recibiste la oración y mantuviste el aceite sobre tu cabeza, aunque en principio no lo entendías. Avanzaste y empezaste a trabajar  en una obra grande cuyos cimientos son sólidos como la roca. Más sólidos que la roca, porque ese cimiento también contiene la Palabra de Dios. La Biblia. Muchas Biblias. 

Sos parte de esa obra grande que recién está empezando...

Me dijo eso y se fue a poner la mesa. Como si nada. 
Era muy coherente lo que me había dicho. 

Pero hay más. Yo olvido pronto lo que sueño, pero éste sueño en particular me ha obligado a escribirlo.
¿De qué se trata todo? No lo sé. 
El tiempo. El tiempo de Dios lo dirá. 
Entre tanto, bendigo a los que se burlan y a los que se alarman, porque un día alguien oró por mí y una unción de aceite sanó mi alma hasta entonces herida de muerte, sucia de la sarna,  de la erisipela  del pecado. 
Los bendigo y pido que un día conozcan a Cristo, como yo lo hice.

Gracias Dios por hablar a tu siervo en el sueño. 
Y gracias Señor por la vida de mi esposa, que siempre me ayuda a entenderlos. A entenderte.


domingo, 12 de febrero de 2017

HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE...



La suya es una locura más grande que la guerra misma. 

Desmond Doss (Andrew Garfield), es un campesino cristiano virginiano que ha crecido en un hogar humilde atravesado por la fe inquebrantable de una madre ejemplar; y el alcoholismo violento de un padre que no superó nunca los traumas de la I Guerra Mundial.

En una trinchera en medio de la batalla, el soldado Doss dirá después recordando el único día en que tomó un arma en su vida (se la quitó a su padre, quien quería matarse en delante de su madre): 
"No maté a mi padre. Pero lo maté en mi corazón".

Doss, ingenuo, pero de convicciones firmes, desea servir a su país en la peor guerra de la historia sin llevar un arma. Considera justo responder a Japón. Sus amigos han ido a la guerra. Su hermano ha ido, pese a la oposición de su padre. Desmond quiere ir a la matanza sólo armado de al menos dos de los mandamientos de Dios: "No matarás" y "amarás a tu prójimo como a tí mismo". Sin duda, la guerra contra Japón es el peor lugar para aplicar aquello. O quizá es el mejor.


Claro, en un mundo en guerra, ser un pacificador según el corazón de Dios, se vuelve un problema. Y Desmond los tiene. 
Los militares creen que él se siente moralmente superior a ellos, que sí tienen que hacer el "trabajo sucio" de enfrentar a ese satanás que los arrastró a la guerra en Pearl Harbor, y tratarán de escarmentarlo para que desista. Es un mal ejemplo para un país que necesita estar unido en el esfuerzo bélico. Debe salir del ejército.
 Lo presionarán, lo golpearán, buscarán acusarlo de loco, lo mandarán a Corte Marcial y lo amenazarán con varios años de cárcel. Pero Doss es un hombre de fe y para serlo (lo sabemos), hay que tener mucho valor, algo que sus camaradas descubrirán en el transcurso de la confrontación con los japoneses en el Pacífico. Doss, el cobarde, mostrará de qué está hecho y en Quién ha creído.
En lo peor de la masacre preguntará al Señor, que nunca antes le ha hablado: ¿Qué quieres que haga? Y obedecerá, y será un héroe de guerra,  no por quitarle la vida a otros hombres. Algo inédito. 

El suyo será un testimonio de amor en medio de la barbarie, en el que no sólo arriesgará la vida para salvar a sus compatriotas, sino también a los japoneses, a quienes él ha visto masacrar a sus compañeros. Pero son humanos, como él. Hijos del mismo Dios. No los odia, no desea venganza. 
Sí, la suya es una locura más grande que la guerra misma.

En la vida real, Desmond Doss salvó a 75 hombres y no mató a ninguno. Fue el primer objetor de conciencia en recibir condecoraciones del gobierno de EEUU y en ser catalogado un héroe de guerra. 
Mel Gibson, fiel a su habitual hiper realismo, pero esta vez sin exagerar, hizo un maravilloso retrato de este hombre ejemplar, en una película cuyo reparto está conformado además por Hugo Weaving (el padre de Desmond Doss),  Sam Worthington  (capitán Glover) o Vince Vaughn  (sargento Howell).

Mel Gibson se caracteriza por un maravilloso manejo de la fotografía y de la luz. Esta no es la excepción, pero los recursos técnicos de este gran director palidecen ante la importancia del mensaje, un mensaje que atraviesa el tiempo y las ideologías. Un mensaje que describe a un hombre que en el peor escenario posible, nos dice... No, no nos dice, nos muestra que Dios no está loco, y que la misericordia en medio del horror es el único camino posible para alcanzar esa paz que es la más importante de todas: la paz individual. La de adentro. 
Nos muestra que la paz del mundo se construye con la paz de cada uno. Y que si confías en Dios, incluso en medio del infierno en la Tierra, EL te puede llevar y traer de allí. Sano y salvo. Muy salvo.  

Desmond triunfará ahí donde su padre fracasó, redimirá a su familia, y con ella, a la humanidad entera.
Esta es sin duda una película imperdible, para verla en el cine y para tenerla guardada en casa. Para verla cada vez que sientas que nada bueno hay en esta Tierra.
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1 Corintios 2:14 El que no tiene el Espíritu no acepta lo que procede del Espíritu de Dios, pues para él es locura. No puede entenderlo, porque hay que discernirlo espiritualmente.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

¿ENSEÑÓ JESÚS A JUZGAR AL OTRO? ¿ES DE CRISTIANOS HACERLO? HAGASE EL FAVOR DE LEER (PARTE 1)




Hay dos requisitos claves para entender los versos de la #Biblia:
Pedir sabiduría del Espíritu Santo y leer el contexto en el que se desarrolla ese pasaje leído. El no hacerlo ha hecho que la Palabra de Dios sea totalmente malinterpretada y distorsionada incluso por los creyentes. Una de esas distorsiones ha sido el juzgar al prójimo, defendiendo ese principio no cristiano, con versos de la Biblia. De ahí la necesidad de escribir este post. 

Y es que, me sacude el corazón el ver cómo algunos de mis hermanos en Cristo tienen su alma ardiendo por su deseo de juzgar a los demás. 

Y no sólo que tienen el deseo de crucificar a los otros,  sino que defienden vehementemente ese su "derecho" a hacerlo (los imagino vociferantes, con los ojos desorbitados, la boca llena de espuma),  argumentando versos como Juan 7:24,  donde Jesús dice:  
No juzgueis según las apariencias, sino juzgad con juicio justo. 

O este otro verso, 1 Corintios 6:3 en donde Pablo dice: 

¿O no sabeis que juzgaremos a los ángeles?

Entonces, en su pensamiento, estas personas llegan a la terrible conclusión de que si juzgaremos a los ángeles,  ¿cuánto más a tu vecino, que es un triste mortal?

Sin embargo, quienes argumentan estos versos omiten una regla fundamental a la hora de entender la palabra de Dios: 
Leer el contexto en que las frases fueron dichas.  
Y claro, pedir guía al Espíritu Santo.

Pero vamos por partes:

En Juan 7:24 (No juzgueis según las apariencias, sino juzgad con juicio justo) se habla de juzgar con juicio justo, pero el juicio justo sólo puede venir de Dios, por cuanto entre los hombres, no hay justo, ni siquiera uno.


Romanos 3:10
Como está escrito:
    No hay justo, ni aun uno


Y si no hay un justo de corazón, ¿habrá alguien capaz de juzgar con juicio justo? No señor. ¿Y eso por qué? 


Mateo 12:34
¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.
 Eso le dijo Jesús a los fariseos. A lo religiosos que decían una cosa, pero hacían otra. Sí, también juzgadores del prójimo. 

Esto trae a mi mente una parábola contada por Jesús: 


Lucas 17:9 A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola:
10 Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano.
11 El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano;
12 ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.
13 Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador.
14 Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.

"Cualquiera que se enaltece será humillado..."
Para tomar en cuenta. 

 Pero volviendo al versículo en cuestión (Juan 7:24), cuando Jesús le dice a la gente que juzgue con juicio justo, no le está hablando a sus discípulos. Ojo con eso. Repito: No le está hablando a sus discípulos.
Está rodeado de detractores y a ellos les habla. Cuatro versos más arriba esta gente le ha dicho que EL tiene demonio.


Juan 7:20 Respondió la multitud y dijo: Demonio tienes, ¿quién procura matarte?

Obviamente no son sus discípulos. Como se ve, no está dando un mandato a sus seguidores. Les habla a sus detractores.  También son  detractores de EL los que toman esa palabra y la aplican contra su hermano, porque ese no fue el objetivo original. 

En segundo lugar, les dice a estos detractores que juzguen justamente, pero no se refiere a que juzguen al prójimo, se refiere a EL. Que lo juzguen rectamente a EL. 

Si colocamos el verso inmediatamente anterior al que nos ocupa, se explica mejor lo que digo: 

Juan 7:  23 Si recibe el hombre la circuncisión en el día de reposo,[b] para que la ley de Moisés no sea quebrantada, ¿os enojáis conmigo porque en el día de reposo[c] sané completamente a un hombre?
24 No juzguéis según las apariencias, sino juzgad con justo juicio.

 En otra palabras dice: En día de reposo se circuncida, y nadie se enoja. Y se enojan conmigo, porque ese día sano a un hombre?
No juzguen por lo que parece, juzguen con justicia. A MI.

Habla de EL y de su obra en frente de los incrédulos, no de nosotros con el prójimo. 

Pero además, ¿cómo podemos animarnos a juzgar al prójimo, si el mismísimo Jesús dijo que EL no había venido a juzgar a nadie? 
En serio, lo dijo, está escrito. 

Juan 3: 17 Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.
¿Tenemos más derecho que Cristo, para juzgar al otro? 
¿En serio, ustedes juzgadores, creen eso?

Ok. Pero qué dice nuestro Señor con respecto al juicio que consume por dentro a tanto creyentes engañados por aquellos lobos rapaces disfrazados de ovejas? Algo tiene que decir, y lo dice, fuerte y claro.

Mateo 7:7
No juzguéis, para que no seáis juzgados.
Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido.
¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?
!!Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.

 En este contexto descrito en los versos de arriba, ya Jesús no les está hablando a sus detractores, sino a sus seguidores. Esta palabra es dada en el Monte, sermón que empieza de esta manera:

Mateo 5:1  Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos.
Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:
 (...)
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. 


El que juzga a otro, no muestra misericordia. Y por lo tanto no la recibirá del Padre.


 El verso de Pablo (1 Corintios 6:3) lo veré en otro post, no aquí, para que no se haga tan largo.


Ya sabe. No juzgue. Si hay una persona cometiendo errores, hable con esa persona, exhortela con amor y firmeza, y si no lo escucha, entonces ore por ella. Gánela en lo sobrenatural para Cristo, no la condene ni se condene al infierno por las palabras de su propia boca, por darle gusto a la carne que sólo sabe hacer estupideces, tanto así que tuvo que venir el mismo Hijo de Dios para hacer por nosotros lo que nosotros no podíamos: Reiniciar la relación con el Padre.  No lo eche a perder. Usted no es juez de nada ni de nadie. 
Sólo hay UN Juez y no es de este mundo. 

sábado, 3 de diciembre de 2016

Bartimeo, Jesús y la necesidad de ser valiente







 Ahí estaba Bartimeo, el ciego, el hijo de un tal Timeo, seguro un vecino de esta maldecida Jericó; maldecida por Josué cuando Jehová derribó sus  murallas con mano poderosa y brazo fuerte, algunos siglos antes. 

Sí, se puede especular que es un vecino, porque el evangelista Marcos, discípulo de un discípulo de Jesús, accedió al nombre de él y del de su padre para contar esta historia. (Marcos 10:46).

Además, Bartimeo está ciego, y como tal no puede ir muy lejos de su casa, de su sangre, de su ciudad maldita por Josué al inicio de la conquista de la Tierra prometida. Esta Canaán que se niega y se negará siempre a ser totalmente hebrea. 

Allí ha llegado el carpintero profeta del que todos hablan. Ese que hasta hace poco tomaba la madera sin forma, la trabajaba con paciencia, la pulía y la convertía en algo útil, necesario. Hoy hace lo mismo, pero con los hombres.
Es este Jesús, junto a sus discípulos y a una gran multitud que lo sigue, el que está saliendo de Jericó (Marcos 10:46). 

Sin duda, la fama de este sanador que se ha criado en Nazareth, en la inculta y bárbara Galilea, de donde nunca se ha levantado profeta, es ya todo un personaje. Y no es para menos. 
Los poderes políticos romanos y hebreos, y el poder religioso judío lo tienen en la mira: es un agitador.  A los romanos los pone nerviosos el que se vaya a declarar rey, poniendo en duda el poderío del César, provocando una nueva rebelión judía. Y a los sacerdotes del templo los pone nerviosos el que éste varón siga ridiculizándolos en público, exhibiendo ante los ojos del pueblo cuán hipócrita es la religión que ellos han construído, y con la que han anulado la esencia original de la Ley de Moisés. 
 Y como ya sucedió con Juan el Bautista, también estos poderes no saben aún cómo deshacerse de El. Eventualmente lo harán, se desharán de El al menos por tres días, pero no en este momento en que Jesús entró en la maldita Jericó, y ahora sale de ella, demostrando que en verdad Dios no hace acepción de personas, y si no de personas, tampoco de lugares, porque las personas se encuentran en lugares, así sea en esta maldita Jericó. (Romanos 2:11).
  


Bartimeo, que probablemente se ha pasado así muchos años, sentado al lado del camino,  mendigando, en un estado de opresión física (la ceguera) y de postración emocional y de abandono; es pues este día el mismo de todos los días. Un mendigo, un ciego, al lado del camino de este mundo. Como yo, un día.
Pero algo se empieza a agitar en su corazón.
Está ciego, pero no sordo. 
Ha oido la multitud, aunque en primera instancia no le ha importado mucho. Por ese camino real de Jericó suelen pasar largas caravanas de mercaderes que traen las maravillas de Persia y de Arabia, o escoltas militares de procónsules romanos que a veces le dejan alguna blanca o algún cuadrante para llevar un mendrugo de pan al vientre. 
Pero hoy hay algo diferente. Un nombre empieza a repetirse en sus oídos, que es con lo único que puede ver. Ese nombre es Jesús. El Maestro. 

Entonces es cierto. Es Jesús el Nazareno, del que tanto ha escuchado por boca de viajeros y de desgraciados redimidos, el que está pasando por el camino en apretada multitud. 
La postración de toda la vida, el estado de miseria espiritual que lo ha condenado en ese rincón al lado del camino, se rompe. También algo se le ha roto por dentro. Su corazón arde, su boca se abre, grita, grita como nunca antes lo ha hecho en su vida:  
Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mi! (Marcos 10:47).

De estar en un estado de muerto que respira, atado por las cadenas del pecado y la tiniebla, este varón que no vale nada para nadie, se ha erguido sobre sus pies y ha dado gritos llamando a Jesús, pero no sólo lo ha llamado por su nombre sino también por el título que el Antiguo Testamento le había conferido a este hombre criado por un carpintero descendiente de David: 

"Jesús, HIJO DE DAVID, ten misericordia de mí". 

 La Escritura dice que el Mesías se sentaría en el trono de David (Gobernaría Israel), y por lo tanto será un hijo de este rey,  en la carne. José, su padre de crianza,  desciende de David y ante la ley de los hombres, el Nazareno es un hijo de David, de la tribu de Judá.
Bartimeo, en su ceguera física y en su ignorancia de la ley (pues es ciego y no ha podido leer) tiene una revelación en su corazón y le dice a Jesús, en otras palabras: Mesías. (Hijo de David).

La multitud reprende al miseriable mendigo ciego para que se callara, para que no importune al futuro rey de Israel. El Maestro no tiene tiempo para los nadie, en cambio, ellos, los que lo siguen desde distintas comarcas hebreas desde hace quizá semanas, han llegado primero, deben ser escuchados antes. 

Pero estos que tratan de acallar sin éxito al mendigo que clama aún con más fuerza (y he ahi la clave de su éxito) (Marcos 10:48), no saben que a Dios se le llega por fe y no sólo por obras. Bartimeo es reprendido, insultado, quizá hasta golpeado para que se callara, pero grita el doble, el triple. 
HIJO DE DAVID, TEN MISERICORDIA DE MI!
Está demostrando fe. Y al pedir misericordia reconoce que Jesús es capaz de darla. Y si el único capaz de dar misericordia que sana es Dios, entonces Bartimeo tiene otra revelación quizá inconsciente: Jesús,  es el Verbo, es Emanuel, es Dios con nosotros. Y puede sanar.
 
Tanto el deseo de libertad física, como la osadía de llamarlo a gritos, y además darle el título que los religiosos instruidos en la Ley no le quieren dar, hacen que Jesús oiga esa voz por encima de otras tantas que saturan el aire en ese apretado cortejo que lo sigue, mientras sale de la maldita Jericó, hoy santificada con su presencia. 

Jesús se detiene y con El la numerosa comitiva que le sigue, y manda llamar a este desposeído que le grita cosas a la distancia (Marcos 10:49). 
Si ya era de asombrar el hambre, la forma cómo este tal hijo de Timeo llamaba al Maestro, asombra más la manera en que acude a El. 
Se hiergue aún más del sitio donde ha estado postrado por años, arroja su capa al suelo (aquella con la que se guarda del frío en las noches y se procura sombra en el día, quizá su única y más preciada pertenencia) y abriéndose paso entre la multitud, sin importar las murmuraciones, las zancadillas, las agresiones por recibir una atención tan inmediata, mientras miles de otros no, este hombre que no vale nada para nadie, llega a Jesús. Porque vale para Jesús. Valdrá su sangre preciosa. Valdrá su sacrificio, como vos o como yo (Marcos 10:50). 
La compasión del Maestro envuelve a este ser maltratado por la vida y por los hombres, y responde a su llamado diciéndole: 

-¿Qué quieres que te haga? 

Bartimeo no se anda con ceremonias, ni formalismos, ni se pone espiritual, ni usa lenguaje enrevesado de fórmulas  religiosas. 
La pregunta es directa, la respuesta también lo es: 

-MAESTRO, QUIERO RECOBRAR LA VISTA. (Marcos 10:51).

Si el llamar a gritos a Jesús dándole el título de Mesías, pese a los intentos de hacerlo callar,  ha sido la fe necesaria para que Jesús se detuviera en su andar y escuchara a este hombre; el pedido que acaba de hacer es la demostración de una fe más profunda, una fe que cree que este Jesús puede curar lo imposible, porque Bartimeo sabe con QUIEN está hablando. Esa es la fe que produce milagros.
Su fe está más que probada. 
Jesús le dice: Vete, tu fe te ha salvado.  
Y en seguida recobró la vista , y seguía a Jesús en el Camino. (Marcos 10:52)

Bartimeo recibió la salvación y una vez saciado el pedido, se retiró a seguir su vida como si nada hubiera pasado. No. 
Recibió la salvación y la cura, y siguió a Jesús buscando más de EL, aprendiendo más de EL. Fue un siervo agradecido de su Señor. Y lo siguió.
Vos, que un día recibiste un milagro de Dios... ¿Qué has hecho? ¿Lo seguiste? ¿o te alejaste de El hasta una nueva urgencia?

 
 

jueves, 1 de diciembre de 2016

DEL RIDÍCULO USADO COMO HERRAMIENTA PEDAGÓGICA O ¿EMANUEL O JESÚS? ¿SE EQUIVOCÓ LA BIBLIA?





Hay veces que Dios usa a los personajes menos pensados para darte una lección, una paliza interior que sólo busca levantarte, despertarte, empujarte, desatarte. No es de esas palizas que te dejan botado con el hígado acalambrado, sino una que te hace crecer, te robustece. Aunque en un primer momento vos no lo sabés y creés que todo va mal.

Hace un momento, mientras meditaba en Su Palabra, EL puso en mi corazón un evento que había sucedido hacía ya algunos años, cuando yo recién empezaba este Camino maravilloso de la resurección en vida. 

Aquella vez, un ateo entusiasta y super lector de la Biblia (los hay que la conocen mejor que nosotros) me arrinconó vía redes sociales con una pregunta pública que no pude responder en ese momento.  Y es que a veces, la única manera que hay para que acudamos a El, es en una situación difícil. Muchos han buscado a Dios cuando todo lo demás había fallado. Y aún así, ese acercamiento ha sido para bendición.

De modo que cuando aquel intrépido ateo me preguntó con ánimos de atraparme, por qué Isaías dice que el Mesías se llamaría Emanuel, pero el arcangel Gabriel le dice a María que su nombre será Jesús; confieso que sí, que me atrapó, a mí, el hombre que incluso hasta hoy le cuesta perder. 

 Yo no tenía la más pálida idea de qué responder, de modo que tuve que decir, con un nudo en la garganta que se sintió en cada golpe del teclado, que no. No sabía. Y me dolía no saber. Me dolía en lo profundo.

Sin embargo, comprendí de inmediato dos cosas: Que el Señor me había hecho llegar una maravillosa pregunta, que probablemente en otras circunstancias nunca me hubiera hecho, y de paso, me había dejado una deliciosa lección de humildad. 

El no saber la respuesta, peor, ante un ateo, me había dolido, y ese dolor por ego lastimado era algo poco humilde de mi parte como discípulo de ese, según el ateo de marras, poco probable Mesías de nombres distintos.
Emanuel o Jesús, el Salvador del mundo, el Rey de reyes y Señor de señores, había dicho que el que quiera ser grande debía ser pequeño; que el que quiera ser servido, debía servir primero. 
Y EL no sólo lo había predicado sino que lo había demostrado con su ejemplo. Siendo inocente, siendo el Hijo de Dios, había muerto como el peor delincuente, de la peor manera. Se había hecho el más pequeño de todos, para salvar a todos los que en EL crean, y luego de ese sacrificio había recibido del Padre, el honor de que ante EL se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y debajo de la tierra.
EL había resucitado al tercer día. 
Y ahí estaba yo, pateado en la vanidad, sin posibilidad de resucitar después de ese golpe. Al menos eso creía yo. En medio del remezón de la derrota, comprendí que no había sido humilde, y que debía trabajar no sólo en saber las cosas, sino en vivirlas, en aplicarlas en mí. La humildad era una de esas cosas que debían pasar del mundo de las ideas, al mundo real en mi vida. Todos los días. 

Esa noche o quizá antes, entré en la Presencia del Señor y le trasladé la pregunta:

¿Por qué Isaías escribía?: 

Isaías 7:14 Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.

Y luego en el Evangelio el Arcangel Gabriel dice: 


Lucas 1:30 Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.
31 Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús.

Entonces el dulce Espíritu Santo me dio la respuesta de inmediato. No había contradicción entre lo dicho por el profeta varios siglos antes y lo que ahora le decía el Arcangel a María, porque, en definitiva,  no se trataba de los nombres, sino de lo que éstos significaban. 
Al fin de cuentas, cada nombre, el tuyo, el mío, tiene un significado detrás que lo inspiró. Se trata de su esencia. 
En mi caso, Darwin, un nombre bien conocido como de origen inglés, y bien puede ser el resultado de la conjunción de las palabras: Dark wind, Dark wild o Dark win...  Y vaya si fue un nombre muy apropiado para mi vida durante 33 años. 
Y así con todos los nombres. 
Por lo tanto, en el caso del Mesías la figura no era distinta. 
Entonces, cuando Isaías decía que el Mesías se llamaría Emanuel, y si Emanuel significa: DIOS CON NOSOTROS, entonces el profeta estaba diciendo en realidad el atributo que tendría este Mesías, que sería pues eso, DIOS CON NOSOTROS. Jesús estuvo con nosotros, en medio de nosotros, con nosotros.
Cuando el arcangel decía a María que el niño se llamaría Jesús, y si Jesús significa, DIOS SALVA, entonces el arcangel estaba dando además, como el profeta, un nuevo atributo del Mesías, que sería pues el de DIOS SALVANDO A SU PUEBLO en la cruz. Eso hizo también Jesús.
Por tanto, no había una contradicción de nombres, sino un complemento de atributos divinos del Mesías en la Tierra. No solamente que con Cristo, Dios caminaría en medio de nosotros (Emanuel), sino que por EL, Dios nos salvaría (Jesús). 
Jesucristo hizo ambas cosas. Como ya dije, no se trataba del nombre, se trataba de la labor del Mesías aquí.  
No eran palabras contradictorias, eran anuncios complementarios. 

No recuerdo si volví al Face para dar la respuesta correcta a aquel  ateo entusiasta a quien Dios había usado para darme una lección. Lo que sí, es que ese día comprendí que para Dios todo obra para bien, incluso la manifiesta intención de un extraño que busca ridiculizarte públicamente. Ayer estaba herido en el ego, y ahora había crecido en el espíritu gracias a eso, a esa mala entraña, que en realidad era una labor pedagógica de parte de mi Señor, conmigo.
Esa vez tuve la certeza nuevamente de que Dios siempre está en control de todo y que en verdad todos sus caminos son misteriosos.
Cuando no sepas qué está pasando, cuando no lo entiendas, quedate tranquilo, EL sabe, y eso basta. Con el paso de los días verás que es así. 

lunes, 21 de noviembre de 2016

Evo: Dios no va a salvar a Bolivia (...) Del cielo sólo cae la lluvia.




El Presidente declaró emergencia nacional por la sequía en varios departamentos del país, luego de que se anunciara que las lagunas de donde se sacaba el agua para las ciudades, principalmente del Occidente del país, se secaron "aceleradamente".

Y en un momento así, en el que pesa en el corazón el sufrimiento de miles de familias bolivianas que carecen del líquido elemento para beber y para sus necesidades más básicas, es imposible no pensar en aquella vez en que Evo dijo que Dios no salvaría a Bolivia, y que del cielo sólo caía lluvia.
Bueno, parece que ALGUIEN no lo ha olvidado.

Y es que todo lo que decimos, es escuchado en alguna parte. (Si no, mire a la Venezuela del Hugo Chávez que maldijo a Israel desde el "fondo de sus entrañas").
Lo que usted dijo, Presidente,  que ocurría, ya no ocurre. Ya del cielo no cae ni lluvia.

Es curioso. He conocido a dos personas que dijeron esa frase. Una murió muy joven y la otra está en apuros.

En la nota publciada hoy 21 de noviembre en el diario El Deber, Morales dice:
"El país debe prepararse para lo peor"...

http://www.eldeber.com.bo/bolivia/evo-declara-emergencia-nacional-sequia.html

Es que, este oponente no es Doria Medina o alguien al que usted, Presidente, pueda amedrentar con su poder de hombre. No tiene la menor oportunidad contra EL.

Por el bien del país, arrepiéntase de su soberbia, pida perdón, clame, y verá cómo del cielo no sólo que cae agua, sino también nuevas bendiciones para Bolivia.

El Señor le ha puesto un ultimátum para su ejercicio del poder, con fecha de expiración. Usted lo sabe.
Dios le dé sabiduría y bendiga a Bolivia.